Era verano y… mis
amigos se habían ido de vacaciones a sitios que ni me sonaban, así que… decidí
ir a visitar a mi padre al trabajo. Él ayuda en la fabricación de naves
espaciales y siempre me han parecido maquinas sorprendentes.
Quería que mi
padre me enseñara alguna pero… cuando llegue, había salido a almorzar así que,
miré algunas naves, yo solo. Sin querer, una de ellas, se encendió. Yo pensé
que no pasaría nada si tocaba un par de botones pero, de repente… comencé a
volar y salí por el techo de la fábrica hacia el cielo, a las estrellas y de
repente… ¡estaba entre los planetas!
Mi nave era
muy rápida y llevaba incorporado un plano de todo el universo, en él podía ver
los planetas, las estrellas, la luna, el sol, ¡mi casa!.
Así fue
como empezaron mis aventuras por estos espacios tan lejanos y emocionantes a la
vez.
El primer
día, solo di una pequeña vuelta entre los planetas y las estrellas, sin
acercarme mucho al sol para no quemarme porque…aun no controlaba mucho mi nave.
Emocionado,
me aferre a los mandos de la nave hasta volver a tierra firme en mi planeta y,
volví corriendo a casa, antes de que mis padres notaran mi ausencia. ¡Había
sido un día genial!
A la mañana
siguiente, ya no me desperté aburrido. Tenía mi pequeño secreto, mi nave espacial
y todo el día para disfrutar del universo entero.
Me levante
corriendo, me vestí y pille un par de bollos mientras me despedía de mi madre y
salía por la puerta de casa.
Al llegar
al bosque que hay cerca de mi casa, ahí estaba mi nave, justo donde yo la había
dejado y me estaba esperando para volver a disfrutar en las alturas. Ahora ya
sabía controlarla, me había pasado la noche leyendo en internet sobre su
funcionamiento y podría visitar los planetas sin miedo al sol aunque… por si
las moscas, también había metido en mi mochila el protector solar.
Me monté
corriendo, antes de que alguien pudiera ver mi nave y volví a volar hacia los
cielos, ansioso de llegar los planetas, aquellas bolas inmensas que me rodeaban
y que, antes solo había visto en aburridos libros de texto.
Poco a
poco, llegue hasta el universo y me encontré rodeado de aquellas esferas que
giraban a mi alrededor, entre meteoritos y satélites.
Ummm… ¿por
dónde empezar mi aventura? Decidí mirar el mapa de la nave a ver cuál era el
planeta más lejano del sol, ahora que en la Tierra era verano, ya pasaba
demasiado calor ahí bajo.
Según mi
mapa, el planeta más lejano era Plutón. ¡Vaya! Este mapa esta algo anticuado
porque, mi profesora me ha dicho que Plutón ya no es un planeta… en fin, iré a
verlo de todas formas, tiene un color que me encanta.
Al
acercarme al antiguo planeta, una voz comenzó a salir por los altavoces de la
nave. Era una mujer indicándome datos sobre él… ¡era un planeta enano! Y había
sido descubierto en 1930…¿habría nacido ya el abuelo? Vaya… desde la Tierra no
se puede ver pero, aquí cerca brilla mucho.
Al
acercarme, puedo ver que tiene el suelo como si fuera hielo… ¡me gusta! Pero…
no llevo abrigo. Mejor me dirijo al siguiente planeta que es… Neptuno.
Según la
mujer que habla en mi nave, Neptuno es el planeta más lejano del sol y es uno
de los planetas exteriores del sistema solar pero, sin embargo, fue el primer
planeta en ser descubierto, en 1846. Jejeje, entonces seguro que ni el abuelo
había nacido pero… ¡espera! La voz dice que 1611 Galileo ya lo encontró y lo
confundió con una estrella. Wau! Pues es muy grande para ser una estrella
pero…uy!!! Tiene un viento muy fuerte. Mejor continúo mi viaje.
Oh, oh!!
GASOLINA. Mi nave ha decidido que por hoy es suficiente, volvamos a casa antes
de que nos quedemos por aquí arriba… otro día seguimos el viaje por las
alturas, ahora disfrutemos de los planetas y estrellas con los pies en la
Tierra. ¿Me acompañáis? Prometo que otro día volveremos a subir y os sigo
contando.